V. CONGRESO INTERNACIONAL
COMUNIDAD : ELEMENTO ESENCIAL EN
LA VIDA DEL DISCÍPULO
CONF. 4 INTRODUCCIÓN
La gran Orientación Pastoral de la Exhortación Apostólica Ecclesia in America : "Encuentro con Jesucristo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América", evoca tanto la elección de todo discípulo como el misterio de la Eucaristía.
El encuentro con Cristo nos convierte en discípulos que sólo quieren escuchar al Maestro y seguir al Pastor, para ser coherentes con el Evangelio en su vida personal y familiar, en el trabajo y servicio a la sociedad.
Así, los elementos distintos de la identidad del discípulo cristiano son, ante todo :
- La escucha de la llamada de Jesús : (cfr. Lc 10,23 par).
- La respuesta creyente y amorosa : (cfr. Mc 1,18 par; 10,28), (cfr. Hech 2,41.47).
- La vinculación a una comunidad de fieles y la misión, que la comunidad de vida y destino con Jesús le va a lleva a desempeñar : (cfr. Mc 13,10; 16,15; Mt 28,19; Lc 24, 47-49; Hech 1,8).
- La verificación de la autenticidad del discipulado podrá ser percibida en los frutos que de ahí brotarán : (cfr. Mt 7,20; Jn 15,8).
LA ALEGORÍA DE LA VIÑA
La alegoría de la viña, en Jn 15, remite al discipulado ya presente en el seno del pueblo elegido y rescatado en nueva clave por el cuarto evangelio. La vid, en la experiencia religiosa del pueblo de Israel, es uno de los iconos que expresa su identidad como Pueblo de Dios, portador y destinatario de una Alianza de amor. En varias ocasiones, en el Antiguo Testamento, Israel es representado como la "viña de Dios". (cfr. Sal 80,9; Is 5,7).
En el capítulo 15 de Juan, en el contexto de la despedida de sus discípulos, Jesús los instruye sobre el futuro del discipulado después de su muerte. Ahí vuelve a la inspiradora imagen de la vid y los sarmientos para significar qué es ser discípulo qué implicaciones tiene el discipulado y éste a qué conduce. Jesús es la "vid verdadera" (Jn 15,1), quien produce finalmente los frutos que Dios ha estado esperando durante muchos siglos en la historia de la salvación. Los frutos del discipulado, por tanto, sólo serán posibles gracias a la comunión con Jesús : "porque sin mí no pueden hacer nada" (Jn 15,6). Ellos constituirán el criterio último de la veracidad del discipulado : "Mi Padre recibe gloria cuando producen fruto en abundancia, y se manifiestan como discípulos míos... Los he destinado para que vayan y den fruto abundante y duradero" (15,8).
La relación de Jesús con sus discípulos comienza con una llamada. Jesús convoca a quien quiere (cfr. Mc 3,13), en los más diversos lugares : junto al lago (cfr. Mc 1,16-20), en el camino (cfr. Lc 9,57-61), en la montaña (cfr. Mc 3,13-19); en diversas circunstancias : en la cotidianidad, en el trabajo de pescador (cfr. Lc 5,1-11) o de recaudador de impuestos (cfr. Mc 2,13-14) o aun en una comida (cfr. Lc 19,1-10) : y con una propuesta bien definida : estar con Él y enviarlos a predicar (cfr. Mc 3,14-15). Mientras, en el judaísmo rabínico, eran los discípulos quienes escogían la escuela y el maestro, aquí pasa algo nuevo. La novedad de Jesús es que Él es quien llama por propia iniciativa y lo hace con autoridad : "No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes" (Jn 15,16).
- EL ICONO DE MC 3,13-19 : VOCACIONES EN LA MONTAÑA
La vocación de los discípulos se realiza a partir de la experiencia de la Palabra de Jesús, la cual se enmarca dentro de su propuesta :
"EL TIEMPO SE HA CUMPLIDO, EL REINO DE DIOS SE HA ACERCADO. CONVERTÍOS Y CREED EN LA BUENA NOTICIA" (Mc 1,14-15)
Los discípulos son modelos del oyente de la Palabra de Jesús, porque son los que responden a los dos imperativos del Kerigma : "CONVIÉRTANSE y "CREAN".
Según San Marcos, las primeras vocaciones se dan en el lago. El escenario es maravilloso : Un lago azul en forma de arpa (por eso se le llama en hebreo KINNERET) de considerables dimensiones - casi un mar interno - con una buena profundidad, en el cual desemboca el río Jordán al norte y, de donde vuelve a nacer, en el sur; con las colinas de Golán en su costado oriental y las montañas de la baja Galilea en el occidental. Un lago con mucho movimiento : en él se trazan rutas de transporte de pasajeros; es la gran despensa del norte por su abundancia de peces; está rodeado de ciudades importantes como Tiberíades (la nueva capital de Galilea construida por Herodes Antipas), Cafarnaum y Betzaida (pueblos de pescadores), Genesareth y Magdala (famosas por la industria de la sal), e Hippos (la ciudad grecorromana de la Decápolis). No es un lugar solitario, es el centro de la actividad comercial, social y política del norte del país. EN ESTE MUNDO SE INSERTA JESÚS Y ALLÍ COMIENZA A FORMAR SU ESCUELA NACIDA EN LAS ORILLAS DEL LAGO.
Pero no me voy a detener en las llamadas que hace Jesús en el mundo de la cotidianidad y que va marcando la identidad del vocacionado (cfr. Mc 1,16-18.19-20), como tampoco en las "vocaciones en la mesa", espacio por excelencia para tejer relaciones (cfr. Mc 2,13-14.15-17). Me voy a detener en las "vocaciones de la montaña", por lo emblemático de estas llamadas (Mc 3,13-19).
VOCACIONES EN LA MONTAÑA
Nos encontramos ahora en otro lugar : la montaña. Sin embargo no estamos lejos del mar (cf. Mc 3,7). Probablemente se trata de alguna de las tantas colinas que bordean el lago; cuál es, éso no es importante. Lo que interesa es su significación: en la montaña todo tiene mayor visibilidad, los discípulos suben como a un escenario siendo claramente identificados por todo el pueblo. Evidentemente hay una conexión con la experiencia de Dios. Pues bien, todo lo que aquí sucede es solemne, no en la cotidianidad de los anteriores sino en medio de una escena pública, casi con todo un ritual, en un ambiente apoteósico. Una nueva comunidad surge delante de toda la gran comunidad y se vuelve signo del Reino para todos los demás.
Mc 3,13-19 : Los Doce''Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él.
Creó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios.
Creó Doce y puso a Simón el nombre de Pedro;
a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno;
a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó"
- Desde dónde llama : lugar y actividad
Jesús llama desde lo alto del monte. Pero para comprender el por qué procede así, tenemos que retomar el contexto de la perícopa desde Mc 3,7-12 :
- En los vv.7-9 los discípulos aparecen ubicados en medio de un gentío. A la orilla del lago se ha congregado una gran multitud venida de casi todos los rincones del país y aun del extranjero. Esta gente busca a Jesús porque oyó "lo que hacía" (de nuevo el verbo, crear).
- En el v. 9 los discípulos le colaboran a Jesús preparándole una barca.
- En los vv. 10-11 los discípulos vuelven a quedar en medio del pueblo doliente, mientras Jesús sana sus enfermedades y los libera del mal.
Es ante este panorama que Jesús sube al monte. Probablemente no es sólo a orar, como Moisés y Elías en el A.T., sino para contemplar la multitud que permanece abajo en las faldas de la colina.
Los discípulos también están abajo, son parte de ese pueblo sufriente, buscador de la obra de Dios en Jesús; ellos son parte de la realidad nacional. Desde ahí los llama y al servicio de ellos los pone.
- Cómo llama : gestos y palabrasLa forma del llamado ya ha sido insinuada en el comentario que acabamos de hacer : en primer lugar Jesús "ve" desde la colina a una gran multitud que ha hecho en él una experiencia de salvación y de ahí escoge a sus los Doce.
Luego resuena la voz de Jesús, quizás a los gritos, pronunciando los nombres de los elegidos. Jesús los "llamó" de en medio de su pueblo.
Al gesto y a la palabra, el evangelista le suma todavía un dato precioso : "a los que él quiso". Quiere decir, a los que Él amaba desde mucho tiempo atrás llevándolos en su corazón (cfr. El sentido de la expresión en Mt 27,43).
- Para qué llama : la propuesta (la comunión que transfigura)
El sentido del llamado está en la expresión "Creó Doce" (otra vez ; repetida en los vv.14 y 16), es decir, creó una familia, la familia del Nuevo Pueblo de Dios (que reconstituye las Doce Tribus de Israel fracasadas como proyecto histórico). Así como Yahvé por el éxodo y la alianza en el Sinaí creó un pueblo, constituyó su pueblo, así Jesús, como Yahvé, crea ahora su familia (Mc 3,34-35), en torno la cual los Pescadores de hombres congregarán a Israel y a todas las naciones. Se recalca la dimensión comunitaria del ser discípulo de Jesús : un discípulo en una casa de puertas abiertas, capaz de acoger -como el Maestro- a todos los hombres en su corazón (cfr. La lista de los nombres en los vv. 16-19 : una comunidad que se construye a partir de la diversidad).
La creación de los Doce se da un doble movimiento centrípeto y centrífugo en torno a Jesús;
- Centrípeto : "Para que estuvieran con él". Este estar con Jesús es el objetivo del discipulado. El centro de la escuela es la persona de Jesús, él es el maestro y al mismo tiempo la lección. El resto del Evangelio será un comentario de esta propuesta : ¿Qué implica estar con él? ¿Qué se aprende a su lado, en él mismo?
- Centrífugo : "Para enviarlos a predicar con poder de expulsar demonios". La convivencia con Jesús capacita para la misión. Jesús quiere formarlos para que continúen su obra, para compartirles su kerigma y sus obras de poder. Con Jesús el discípulo aprenderá a integrar : Palabra + Signo.
Anotemos, además, que en la escuela de Jesús la atmósfera es la camaradería (ver la lista de los apodos de los pescadores) y la responsabilidad.
- Qué sucede : la respuesta
"Y vinieron donde él". La idea de la frase no es tanto el hecho de que se pongan a su lado, sino la unidad que forman con el Maestro, así los comienzan a ver los que permanecen al pie de la colina.
Jesús es el lugar de la vocación. Es en él donde se van a transplantar. La tierra que Dios le iba a mostrar a Abraham es ahora una persona y su camino, es Jesús de Nazareth.
De todo lo anterior deducimos que esta llamada o vocación no es algo individualista y subjetivo sino personalizante y comunitario : exige la vida entera de quien que escucha la llamada. Ubicada en el proyecto de salvación, en un contexto eclesial concreto, es algo exigente y vital. La llamada de Dios, por boca de su Hijo Jesús, se realiza de manera directa, sensible y evidente, pero también, a menudo, a través de mediaciones diversas, que convergen y se esclarecen en la mediación comunitaria y social. Pide oídos atentos y obedientes para ser escuchada. Y, desde el primer momento, es una llamada a compartir la vida, el destino y la misión de Jesús : "Igual que me han perseguido a mí, los perseguirán a Ustedes" (Jn 15,20b; cfr. Mc 10,38).
El punto de partida del discipulado cristiano es, por lo tanto, un encuentro con la persona viva de Jesús, que puede darse en muchos lugares y circunstancias : en la escucha de la Palabra, en la mesa de la comunión, en situaciones vitales que ponen en jaque la mente y el corazón humanos, y, muy especialmente, en el rostro del otro; del otro pobre, carente, infeliz, cuya revelación es una epifanía de la presencia divina (cfr. NMI n. 49).
En un segundo momento, se da la respuesta, la cual generalmente es inmediata e impulsa al nuevo discípulo a desinstalarse y a tener una nueva disponibilidad para seguir al Maestro (cfr. Mc 10,28-30). La relación maestro - discípulo no se reduce a una relación de enseñanza y aprendizaje intelectual, sino que implica comunión de vida y asimilación de un estilo y de un destino comunes. Jesús precede a sus discípulos y los incorpora a su camino. El seguimiento del discípulo es "ir detrás de" Jesús, con fidelidad y coherencia en la puesta en práctica de su mensaje. Nunca podrá pretender el discípulo ser más que el maestro, pero "le bastará ser como su Maestro" (Cf. Lc 6, 40).
Esta renuncia radical, que es pedida a los discípulos, tendrá para su vida cuatro implicaciones : a) su vida será regida por una nueva jerarquía de valores, donde el amor de Jesús iluminará todo y pondrá cada cosa en su debido lugar y grado de importancia (cfr. Lc 14,25-27); b) será llevado a descentrarse de sí mismo y sus apegos y secretos compromisos con la iniquidad, para centrarse sólo en Jesús y su seguimiento (cfr. Mc 8,35-38); c) vivirá en un constante discernimiento de espíritus, preguntándose a cada paso cuál es la opción mejor, más adecuada al querer de su Maestro (cfr. Mc 8,34); d) y todo eso lo conducirá a nueva disponibilidad para el aprendizaje vital que constituye el discipulado (cfr. Mc 8,14-21).
Este cambio radical de vida está lejos de ser una actitud provisoria, que dura mientras el discípulo llega a ser maestro. De principio a fin, no hay más que un Maestro, Cristo (Mt 10,24s; 23,8). Por eso, la vinculación de los discípulos a su maestro es estrecha e íntima. Jesús llama los discípulos "para que estén con Él" (Mc 3,14), participando de su camino (cfr. Mc 13,9), de su carencia de domicilio (cfr. Mc Lc 9,58) e, incluso, de su peligroso destino (cfr. Lc 21,12-17; Jn 21,18-19). Se trata de una comunión total y carga en sí la fuerza y el contenido de una confesión de fe y de vida en Jesús como Mesías Hijo de Dios (cfr. Mc 8,29; 15,39; Mt 16,16).
La respuesta del discípulo, por lo tanto, no corresponde a un saber intelectual, sino que es su vida misma, dada y ofrecida para que otros tengan vida. Y se da en un itinerario de fe que parte de la llamada de Jesús y el encuentro Él, pasa por la conversión, sigue en fidelidad hasta la cruz y da testimonio de la Resurrección, al grado de estar dispuesto a dar la vida por los demás (cfr. Mc 10,45). Seguimiento y testimonio, hasta el cumbre del martirio, son, por lo tanto, dos dimensiones fundamentales del discipulado. Implica dar vida, dando la vida.
En una sociedad como la nuestra, en este inicio del milenio, donde todas las consignas van en la dirección de buscarse a sí mismo y el propio éxito, el confort, el bienestar, la seguridad, la realización personal, el Evangelio apunta en la dirección opuesta del primado de la alteridad. Es solamente descentrándome, abriéndome al otro, a su pobreza, a su indigencia, a su carencia, a su persona, que puedo encontrarme a mí mismo y sentir que vivo en plenitud. Y sólo en ese éxodo de mí mismo podré vivir la experiencia humana por excelencia que es el amor.
En medio de toda la crisis de valores que vive el mundo de hoy; en medio del desgarro por la seducción de modelos engañosos y fugaces y la frustración por la incapacidad de alcanzarlos; en medio de los intentos salvajes del mercado que pretende convertir a todos en sujetos consumidores; los discípulos de Jesucristo son llamados a vivir y proponer otro camino : el del amor obediente y oblativo, que escucha y responde, que sirve y se entrega gratuitamente y que encuentra ahí su realización y su alegría.
En América Latina, en el último siglo, la Iglesia ha vivido esta realidad : el siglo XX ha sido un siglo de mártires entre nosotros; algunos de nombres conocidos y otros de vidas anónimas y conocidas sólo del Señor por quien entregaron todo, hasta el supremo don de la existencia.
Así ocurre con la dinámica del discipulado. El discípulo se dispone a todo por el Maestro, porque se ha sentido amado. Amado desde siempre, amado antes que nada, amado sin tener por qué, amado gratuitamente. Y, por eso, puede ponerse en marcha, sostenido nada más que por ese amor, que lo alimenta, lo llena y le ayuda a abrirse a la vida verdadera, que es amar con pasión y entregarse a un servicio que, en el fondo, desea transmitir esa verdad : sólo el amor es digno de fe.
- LA FORMACIÓN DEL DISCIPULADO Y SU COMUNIDAD
La vida en comunidad es el ambiente favorable para la formación del discípulo. El seguimiento de Jesús implica siempre la construcción de comunidades fraternas, que se conviertan en casas y escuelas de solidaridad y comunión. El amor de Jesús construye una comunidad de amigos, llamados así por el mismo Señor : "En adelante, ya no los llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora, los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre" (Jn 15, 15).
La comunidad forma discípulos que se entregan en cuerpo y alma al servicio del Reino de Dios. Esa comunidad esta llamada a descentrarse ya abrirse hacia el mundo para ofrecer a todos, especialmente a los pobres, el amor de Jesús.
La formación del discípulo
En la vida de la comunidad se desarrollarán diversos ministerios, oficios y servicios, en los cuales el discípulo entrega y gasta su vida, a ejemplo de su Maestro e identificándose con Él, hasta culminar en la pasión y en la cruz, con la esperanza firme en la Resurrección.
- LA COMUNIÓN, DON DE DIOS
Ante todo, debemos recordar que la comunión es un don.
Ella no se basa en nuestros esfuerzos de colaboración pastoral, ni tampoco en el deseo sincero de amistad.
Estas cosas son importantes, y debemos proponérnoslas siempre.
Pero la comunión de la que hablan los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,42) y la Primera Carta de San Juan (1 Jn 1,3.6.7), aquel estar juntos (Hch 1,14; 2,46; 4,54; 5,12; 15,25) tan característico de la primitiva comunidad es don de Dios, es el nuevo modo de ser que nos viene de lo alto.
Es la participación que Dios nos da de su misterioso, "estar juntos" en la Trinidad.
Es la participación, por gracia, del estar juntos que une a Jesús con sus discípulos, llamados a "estar con él" (Mc 3,14).
Este don se basa ante todo en la gracia bautismal. El Bautismo nos 'hace "estar juntos" en la Iglesia esparcida en todo el mundo, con el Papa y los Obispos sus hermanos, con todos los bautizados, con todos los que serán llamados por Dios (cfr. Hch 2,9).
Dios hace a la Iglesia donación de su comunión de vida trinitaria, y en la Iglesia cada uno hace experiencia de comunión.
- LA COMUNIDAD CRISTIANA REVELADORA DEL MISTERIO DE DIOS
La realidad viva del Cuerpo de Cristo es reveladora del misterio de Dios. Nosotros somos la prolongación en el tiempo de la misión del Hijo, la manifestación del amor con el que el Padre ama al Hijo, y el Hijo ama al Padre. Se cumplen entre nosotros y por medio de nosotros cosas cuyo significado apenas podemos balbucir, porque superan infinitamente nuestra inteligencia : solamente podemos intuir el valor límite que engrandece cualquier otra cosa sobre la tierra, el valor supremo y absoluto que le da sentido a la existencia de todo hombre. Es el misterio trinitario del Padre que ama al Hijo, del Hijo que ama al Padre con ese amor perfecto y personal que es el Espíritu Santo.
Pobres y limitados como somos, podemos mostrar en nuestra vida "la infinita potencia del Espíritu Santo admirablemente operante en la Iglesia" (LG VI, 4).
Amados por Dios y perdonados por él, caminamos juntos aceptándonos y perdonándonos; así revelamos al mundo el Amor de Dios.
¡Qué misterios inefables se realizan entre nosotros, qué realidades inmensas el Señor hace con el polvito de nuestra pobreza, qué intenciones maravillosas de vida eterna el Señor lleva adelante por medio del brevísimo segmento de nuestra realidad temporal marcado por el cansancio, el dolor y la muerte!.
- LA PALABRA DE DIOS Y LA COMUNIDAD
La acogida de la Palabra de Dios es la que nos hace convertirnos en comunidad auténticamente cristiana según las leyes de la comunión.
La Palabra de Dios nos garantiza el contacto vivo e inmediato con Cristo mismo, Palabra viviente del Padre, fuente de la comunión, pero, puesto que rinde testimonio a Cristo partiendo de una riquísima variedad de situaciones humanas históricas, que han sido leídas y vividas a la luz de Cristo, ella llega a nosotros rica de incitaciones concretas que atañen a todos los aspectos fundamentales de la vida.
Ella nos dice cómo el amor del Padre ha alcanzado en Cristo las varias situaciones humanas, las ha hecho auténticas, las ha iluminado y purificado inferiormente, las ha abierto a nuevas e insospechadas posibilidades.
La vida, la muerte, la amistad, el dolor, el amor, la familia, el trabajo, las varias relaciones personales, la soledad, los movimientos secretos del corazón, los grandes fenómenos sociales, toda esta vida humana, en fin, nos la entrega la Palabra de Dios en una luz nueva y verdadera.
Y nosotros, al encontrar esta Palabra, nos encontramos a nosotros mismos, nuestro pasado, nuestro futuro, encontramos a nuestros hermanos. Aprendemos a construir una comunidad que, fiel a las leyes de la comunión, encuentra un lugar, un sentido, un mensaje de esperanza para todo hombre y para toda situación humana.
- LA COMUNIDAD QUE VIVE LA COMUNIÓN
San Pablo nos propone una experiencia de comunidad que vive la comunión.
Esta comunión se realiza partiendo del corazón del hombre. De este corazón, como dice Jesús en el Evangelio de Marcos (7, 22), es de donde nacen las intenciones malas, sale todo lo que contamina al hombre y lo divide de su prójimo mediante la avidez de la posesión que, como nos recuerda la Carta de Santiago, causa las divisiones y las guerras (St 4,2).
Y a este corazón del hombre amado por Dios es al que se le da la paz de Cristo. Se hace al hombre capaz de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, sentimientos y propósitos que construyen la comunión y la paz.
La frase que el apóstol Pablo (Flp 2, 1ss.) coloca inmediatamente después de la descripción de una comunidad en la que por encima de todo está la caridad, nos habla de la acción abundante y rica de la Palabra en un grupo de fieles : la Palabra de Cristo permanezca entre ustedes abundantemente. Esta era la comunidad que Ambrosio alimentaba sin descanso con el pan de la Palabra, pan que se había convertido para él también en alimento cotidiano e indispensable. "Cuando leo las divinas Escrituras —decía San Ambrosio—Dios vuelve a pasear en el paraíso terrenal".
Y añadía : "Cristo y la Divina Escritura son el remedio para cualquier disgusto y el único refugio en las tentaciones. Por tanto, a su fuente irrenunciable —-así escribía Ambrosio al neo- elegido Obispo Costancio— debe acudir el Obispo para que, lleno de las palabras sagradas, pueda guiar a sus fieles de un modo justo".
- EL DISCÍPULO EN LA IGLESIA, "CASA Y ESCUELA DE COMUNIÓN" (NMI, n. 43)
- LA COMUNIDAD, ESPACIO VITAL DEL DISCÍPULO DE JESÚS
Jesús llamó "a los que Él quiso" (Mc 3, 14), para estar con Él y formar parte de una comunidad. Seguir a Jesús significa vivir en una comunidad de discípulos. En esta iniciativa libre y gratuita del Señor, no cuenta ni la procedencia familiar o social, ni las dotes intelectuales o morales, ni la semejanza de mentalidad o pertenencia grupal : esta gratuidad la subrayará Jesús al decirles : "No me eligieron ustedes a mi; fui yo quien los elegí a ustedes" (Jn 15,16a).
De entre el grupo más amplio de seguidores, Jesús escogió a "los Doce", simbolizando así - a partir de las doce tribus de Israel - el nuevo Pueblo de Dios. Con ellos lleva una vida de comunidad : comparte la mesa, hace oración, les comunica sus enseñanzas, escucha sus inquietudes, los incorpora- a su misión, los corrige oportunamente y se preocupa de su descanso. Jesús es el Maestro, los apóstoles son sus discípulos, el Reino es el mensaje, las Bienaventuranzas son la fuente de su esperanza y el amor es el lazo de unión. En esta comunidad, todos son hermanos : "no se dejen llamar 'maestro', porque uno es su maestro, y todos ustedes son hermanos" (Mt 23,8).
En la Última Cena, Jesús revela el sentido más profundo del discipulado : "Ya no los llamaré siervos (...); desde ahora los llamaré amigos" (Jn 15,15); y les invita a crecer en esta amistad : "permanezcan en mi amor" (Jn 15,9). El Señor utiliza la imagen de la vid y los sarmientos para subrayar la unidad inseparable entre Él y sus discípulos, y de los discípulos entre sí. Una dimensión esencial del ser humano, en cuanto "ser en relación", encuentra su raíz más profunda en la fe, pues en ella sabemos que "hemos sido pensados trinitariamente" : el hombre se realiza no en la cerrazón, dentro de si, sino en la salida de si mismo, frente a los demás, por amor, porque ha sido creado a imagen de un Dios que, "en su misterio más íntimo, no es una soledad, sino una familia.
Al dirigirse Jesús al Padre y pedirle por "los que Él le ha dado" (Jn 17,2.6.9), expresa esta semejanza que va más allá de toda comprensión humana : "Que todos sean uno lo mismo que lo somos tu y yo, Padre. Y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tu me has enviado" (Jn 17,21). A este respecto, conviene recordar las palabras del Concilio Vaticano II : "El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como nosotros también somos uno, abriendo perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta semejanza entre la unión de las Personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza demuestra que, el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás.
- EL DISCÍPULO, MIEMBRO DE LA IGLESIA COMUNIÓN
La vida de comunión se concreta en varias dimensiones : antes que volverse un compromiso de vida, es un don el formar parte de una familia universal, que muestra su unidad a través de la diversidad y pluralidad de las naciones, lenguas, razas y costumbres : recordando que es la imagen del Dios Uno y Trino. Cuando en la Iglesia se vive el amor, las diferencias nunca dividen, sino que enriquecen la unidad, centrada en torno al Papa, sucesor de san Pedro y Pastor de la Iglesia universal. Se expresa en la Iglesia particular, en torno al Obispo, y tiene su vivencia habitual en la parroquia; sin olvidar la familia, "Iglesia doméstica", lugar en que vivimos y aprendemos, por vez primera, la gratuidad del amor y la alegría de la comunión.
Dicha comunión orgánica, que encuentra su cumbre y fuente en la celebración Eucarística, necesita la coordinación de servicios, ministerios y carismas en orden a la construcción del Reino. Los fieles laicos, como miembros de ese nuevo Pueblo de Dios, que es la Iglesia - Comunión, participan plenamente de la vocación y misión eclesial, teniendo como misión específica colaborar con Dios en la humanización y ordenación hacia Él de las realidades de este mundo. En la construcción de la sociedad, expresan esta fraternidad cristiana siendo instrumento de reconciliación, de justicia y de paz. En su participación eclesial, los fieles, "deben estar unidos a su Obispo, como la Iglesia a Jesucristo, y como Jesucristo al Padre, para que todas las cosas se armonicen en la unidad y crezcan para la gloria de Dios.
Los presbíteros, como discípulos del Señor, son constructores de la comunión en su comunidad eclesial, abiertos a la Iglesia universal y a la sociedad. Además de mantener vínculos especiales de comunión con su Obispo, y a través de él con el Papa, y con los demás miembros del presbiterio, deben fortalecer la vida de comunión con todos los fieles de su comunidad, e incluso con quienes no pertenecen a la Iglesia. A este respecto, según el consejo de CIC, can. 280, sería un testimonio muy relevante la búsqueda de formas de vida comunitaria por parte de los ministros de la Iglesia.
Dentro de esta unidad orgánica de la Iglesia, los discípulos de Jesucristo, llamados por Él a la vida consagrada, están llamados a dar un testimonio privilegiado de comunidad. "Con la constante promoción del amor fraterno en la forma de vida común, la vida consagrada pone de manifiesto que la participación en la comunión trinitaria puede transformar las relaciones humanas, creando un nuevo tipo de solidaridad (...) Por eso, precisamente, pueden proclamar el poder reconciliador de la Gracia, que destruye las fuerzas disgregadoras que se encuentran en el corazón humano y en las relaciones sociales".
En la Iglesia local, "el Obispo es responsable de lograr esta unidad en la diversidad, favoreciendo (...) la sinergia de los diferentes agentes, de tal modo que sea posible recorrer juntos el camino común de fe y de misión". El Obispo es, entonces, el primer discípulo de Jesucristo en la comunidad diocesana. Con alegría acoge la multiplicidad de los dones del Espíritu, y se constituye en el principio y fundamento visible de unidad en su Iglesia particular. Especialmente cuando preside la Eucaristía, dándole una clara dimensión apostólica. Es, a la vez, como el mismo Pedro, discípulo y Pastor : dando testimonio de que el ministerio es, ante todo, servicio, y que la autoridad, en el espíritu de Jesús, no somete ni reprime, sino que da vida y hace crecer.
Los discípulos de Jesús están invitados a participar activamente en la vida de la comunidad parroquial y diocesana, según su propia identidad. Un papel especial tienen las diferentes formas de asociación eclesial, que expresan en toda su diversidad las múltiples dimensiones de la vida cristiana, enriqueciendo con ello su unidad. La vida parroquial tiene que vivir, en los hechos, su carácter de "comunidad de comunidades y movimientos".
En medio de la comunidad de los discípulos, María es acogida como Madre, así fue el deseo del mismo Jesús (cfr. Jn 15,27). María es imagen de la ternura de la Iglesia que acoge entre sus brazos a todos los discípulos de Jesús, enseñándoles a orar y esperar (cfr. Hch 1,14). Ella es icono de una Iglesia discípula y madre que hace presente la ternura de Dios en medio de la orfandad que estremece la humanidad.
- LAS COMUNIDADES EN LA PARROQUIA COMUNIDAD EVANGELIZADORA
- LAS COMUNIDADES EN LA PARROQUIA COMUNIDAD EVANGELIZADORA
Acorde con el Concilio Vaticano II, en el modelo de parroquia, Comunidad Evangelizadora, visualizamos a la Iglesia como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo y Santo Domingo 58, dice: "la Parroquia, comunidad orgánica y misionera, es así una red de comunidades". La Iglesia es, en su ser misma comunidad y comunión.
Lo anterior supone una transformación radical en lo que debe ser la mentalidad y la forma de vida en la feligresía de la Parroquia, pues frente a la arraigada idea de que la Iglesia es solamente la Jerarquía o el templo, es necesario ir concientizando a las personas de que todos los bautizados formamos parte de ella, de que somos pueblo y cuerpo, en donde cada miembro trabaja y construye la unidad de la gran familia de los hijos de Dios.
El vínculo intrínseco con la comunidad diocesana y con su Obispo, en comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro, asegura a la comunidad parroquial la pertenencia a la Iglesia universal. Se trata, por tanto, de una dioecesis animada por un mismo espíritu de comunión, por una ordenada corresponsabilidad bautismal, por una misma vida litúrgica, centrada en la celebración de la Eucaristía, y por un mismo espíritu de misión, que caracteriza a toda la comunidad parroquial. Cada parroquia, en definitiva, "está fundada sobre una realidad teológica, porque ella es una comunidad eucarística. Esto significa que es una comunidad idónea para celebrar la Eucaristía, en la que se encuentran la raíz viva de su edificación y el vinculo sacramental de su existir en plena comunión con toda la Iglesia. Tal idoneidad radica en el hecho de ser la parroquia una comunidad de fe y una comunidad orgánica, es decir, constituida por los ministros ordenados y por los demás cristianos, en la que el párroco – que representa al Obispo diocesano – es el vínculo jerárquico con toda la Iglesia particular".
Por ello, uno de los elementos fundamentales de la Parroquia son las pequeñas comunidades cristianas, en donde las personas evangelizadas van teniendo un nuevo modo de visualizar y de vivir la Iglesia.
Formar comunidad y vivir en comunión, es la tarea básica y el objetivo principal de nuestro trabajo pastoral. Como en Pentecostés, a partir de la efusión del Espíritu Santo y de la Buena Nueva proclamada por Pedro, surge la Iglesia en aquella primera comunidad cristiana; así también nosotros hemos visto la necesidad y conveniencia de formar las pequeñas comunidades al terminar la Evangelización Fundamental, integrándolas por cercanía geográfica, para que, unidos, no sólo crezcan en el Señor, sino además, puedan enfrentar todas sus necesidades y problemas espirituales, materiales y sociales.
Es condición indispensable que todos los miembros de la comunidad sean evangelizados, no como simple requisito, sino como una necesidad vital de la persona que se ha encontrado con Cristo, que lo ha aceptado como su Salvador personal y Señor, y que ha dejado que el Don del Espíritu se reavive en su interior.
Así como todo hombre que nace, nace al interior de una familia, así también, "los que nacen de nuevo" según la plática de Jesús a Nicodemo, necesitan de un nuevo ambiente, en donde puedan desarrollar su ser cristiano. De allí la importancia de la Evangelización Fundamental y de la vida comunitaria.
Es en la comunidad cristiana en donde se concretizan y se llevan a la vida los ideales básicos de todo cristiano, que son al mismo tiempo, elementos esenciales de la vocación a la que está llamado : la santidad personal (1 Tes 4,3 y Lv 19,2), la hermandad comunitaria (Jn 17,21; Hch 4,32) y e apostolado (Mt 28,19 y Mc 16.15). En una frase : Santos, Hermanos, Apóstoles.
La vivencia de lo anterior, da por resultado el que se lleven a cabo nuevos modelos de vida basados en la Comunión y en la Participación. Comunión en todos los niveles de su ser y Participación en todos los aspectos de sus vidas. Ante los falsos valores y criterios del mundo en las líneas del poder, poseer, parecer y placer, la comunidad cristiana es el lugar propicio para vivir los valores y criterios evangélicos del servir, el compartir, la autenticidad y la austeridad.
Para llegar con todo esto al modelo de pequeña comunidad que nos señala el Documento de Puebla en el No. 640 : "En las pequeñas comunidades debe ir creciendo la experiencia de nuevas relaciones interpersonales en la fe, la profundización de la palabra de Dios, la participación en la Eucaristía, la comunión con los pastores de la Iglesia y un compromiso mayor con la justicia, en la realidad social de sus ambientes".
¿QUÉ ES UNA PEQUEÑA COMUNIDAD?
La pequeña comunidad es una agrupación estable, orgánica y fraternal de personas evangelizadas : centradas en Cristo y llenas del Espíritu Santo, que se sienten responsables unas de otras : edificándose mutuamente y compartiendo lo que son y lo que tienen en la medida de su crecimiento cristiano y de su integración comunitaria.
Y ser así testigos de Jesús resucitado, individual y comunitariamente, para la edificación total del cuerpo de Cristo y salvación del mundo.
ESTABLE
- La comunidad es por naturaleza estable y para siempre.
- Grupo que de hecho ya ha probado su estabilidad.
- Reconocimiento y aceptación de cada uno, por todos los demás, como miembro estable : sentimiento de pertenencia y cohesión.
- Fidelidad a la comunidad en la prosperidad y en la adversidad.
- Reuniones periódicas a ritmo mínimo semanal y asistencia fiel, con participación activa de todos. Tiempo mínimo de reunión 2 horas. Promedio 3 horas.
ORGÁNICA
- No reunión ocasional, ni conglomerado, sino cuerpo vivo.
- Cuerpo bien articulado con funciones diferentes, pero complementarias.
- Reconociendo, aceptando y promoviendo todos el lugar y la función de cada uno de los miembros dentro de la Comunidad.
- Sintiéndose parte de un mismo cuerpo cooperando para el bien del todo.
- Funcionando de acuerdo a las leyes vitales de ese cuerpo según la dirección de la Cabeza y animados por la misma Alma.
- Máxima heterogeneidad posible : hombres y mujeres, solteros y casados, diferentes niveles culturales y económicos.
FRATERNAL
- Los une un principio profundo, con relaciones primarias cordiales, no mediatizadas, de todos con todos.
- Conocimiento, intercornunicación e interacción de todos con todos a nivel progresivamente profundo, lo cual sólo es posible, en grupos pequeños, idealmente unos 12, núcleo inicial mínimo de 8 y no más de 18. Esto en referencia a la Pequeña Comunidad.
- Fraternidad cristiana, hijos de un mismo Padre por la vida en Jesús, que los hace miembros de la Familia de Dios y movidos por el mismo Espíritu.
PERSONAL
- No sólo individuos humanos, ni funciones para una tarea, sino personas reconocidas y aceptadas en la totalidad de su ser y de su situación.
- Seres humanos con rostro, con nombre propio y con historia.
- Interés positivo y cálido por todo lo que forma parte de cada persona.
- Persona querida por sí misma, como parte insustituible, que se le espera en las reuniones y se le extraña en sus ausencias.
CENTRADAS EN CRISTO
- Personas convertidas realmente al Señor, con un corazón nuevo y un espíritu nuevo y consiguientemente, con una nueva escala de valores, para descubrir y crear un nuevo orden humano.
- Encuentro personal y fe viva en Jesús. Centralidad en Jesús como Señor.
- Se reúnen para escuchar la Palabra, orar juntos al Padre, en su Nombre y celebrar juntos la Eucaristía.
LLENOS DEL ESPÍRITU
- Creyentes que han recibido y renovado en ellos el Don del Espíritu.
- Sólo el Espíritu Santo congrega y forma la comunidad, le da vida y crecimiento.
- Caminar en el Espíritu, dejándose iluminar y enseñar por El y conducidos en todo por El.
- Abiertos y disponibles a la gama completa de su acción y de sus manifestaciones, para edificar al Cuerpo de Cristo.
- Siguiendo la orientación de los Pastores puestos por el mismo Espíritu para apacentar como guardianes a la Iglesia de Dios (Hechos 20,28).
SE SIENTEN RESPONSABLES UNOS DE OTROS
- Se interesan y se preocupan unos de otros en todos los aspectos de su vida.
- Se hacen solidarios apoyándose mutuamente en todo, cuidando unos de otros.
- Interés y comunión, que va más allá de las reuniones de todo el grupo.
- Son purificados y crecen juntos, sufren y se alegran juntos.
EDIFICÁNDOSE MUTUAMENTE
- Se ayudan unos a otros a crecer en todos los aspectos.
- Exhortación mutua, corrección fraterna, búsqueda de la voluntad de Dios para cada uno y para el grupo, impulso para servir a otros.
- Dan testimonio unos a otros de lo que el Señor está haciendo en ellos y por medio de ellos, manifestando así la Gloria de Dios.
COMPARTIENDO LO QUE SON Y LO QUE TIENEN
- Poniendo al servicio de los demás todos sus talentos y carismas, sus conocimientos y su experiencia.
- Un sólo corazón y una sola alma, con apertura mutua y trabazón de todas sus riquezas.
- Se reúnen semanalmente para escuchar la Palabra de Dios, orar en alabanza y acción de gracias, edificarse mutuamente, interceder unos por otros, reflexionar e impulsarse mutuamente al trabajo apostólico y al compromiso.
- Se reunirán además en otras ocasiones para algunas comidas juntos, para algún estudio, algún trabajo y algún esparcimiento en común.
- La comunidad es más amplia que la amistad, pero debe aceptarla en su seno, promoverla y protegerla.
- Después de un camino, más o menos largo, recorrido por todos conjuntamente, se deberá llegar, corno fruto y signo claro de la unión de las personas, a alguna comunicación cristiana de bienes espirituales y materiales, que puede revestir múltiples formas pero que debe ser real, con una nueva forma de concebir la propiedad y de utilizar el dinero. Es inútil pensar en una participación de bienes, si no se da primero una participación de personas a nivel profundo, guiadas por el Espíritu.
- Solidaridad real que se irá manifestando gradualmente en un nivel de vida similar para todos.
- La comunidad no exige necesariamente cohabitación, ni siquiera vecindad inmediata, ni un mismo trabajo o inserción en la sociedad. Para ser testigos de Jesús Resucitado, individual y comunitariamente, para la edificación total del cuerpo de Cristo y salvación del mundo. La pequeña comunidad es indispensable para ir logrando la plena vivencia cristiana, el crecimiento en la vida nueva y el testimonio cristiano. Podríamos resumir el objetivo de la pequeña comunidad en lo siguiente :
“Construir progresivamente la fraternidad de unos con otros, para llegar a ser juntos, fermento de amor para la Iglesia y el mundo”
- CONCLUSIÓN
El Santo Padre en la NOVO MILLENIO INEUNTE (n.43) especifica : “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de comunión, poniéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades”.
Hablando de la vida parroquial, el Santo Padre incide en una PASTORAL DE LA SANTIDAD.
Una verdadera pastoral de la santidad en nuestras comunidades parroquiales implica una auténtica pedagogía de la oración; una renovada, persuasiva y eficaz catequesis sobre la importancia de la Santísima Eucaristía dominical y también diaria, de la adoración comunitaria y personal del Santísimo Sacramento; sobre la práctica frecuente e individual del sacramento de la Reconciliación; sobre la dirección espiritual; sobre la devoción mariana; sobre la imitación de los santos; un nuevo impulso apostólico vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de las personas concretas; una adecuada pastoral de la familia, un coherente compromiso social y político.
El centro de esta Pastoral de la Santidad ciertamente es Cristo.
La gracia, por tanto, que siempre debemos pedir es poder fijar la mirada en Cristo Resucitado, tanto como personas como comunidad, sea que uno viva la “escuela de comunión” en pequeñas comunidades o integrando algún movimiento, el cual, en definitiva, debe llevar a integrarse en comunidad.
La fijación de nuestros ojos en Cristo, a través de experiencia de Iglesia, nos lleva a no estar divididos en el corazón, como individuos y como Iglesia, entre el ideal escatológico absoluto y los ideales históricos, entre la oración, la vida interior y las responsabilidades pastorales, el trabajo apostólico.
Sólo la contemplación de Jesús puede hacernos percibir el punto final de la historia, el cumplimiento de toda y más profunda aspiración y, consecuentemente, hacernos entender cómo todo ideal histórico recibe su orden y cómo toda vocación se coloca en el maravilloso designio cósmico de salvación.
QUERÉTARO, Septiembre 2005
Mons. Juan Abelardo Mata. Obispo de Esteli Nicaragua