V. CONGRESO INTERNACIONAL

COMPROMISO APOSTÓLICO,
SIGNO DEL AMOR A CRISTO

                                                                                          CONF. 6
  1. INTRODUCCIÓN

  1. LA PRIMERA PALABRA MISIONERA DE JESÚS, SEGÚN SAN MARCOS

Me alegra mucho ver cómo hemos venido avanzando en este V Congreso Internacional en torno a :
CRISTO VIVO :
ALIMENTO DEL DISCÍPULO,
FORTALEZA DEL APOSTOL

En este contexto, me toca guiar ahora la reflexión sobre el COMPROMISO APOSTÓLICO, SIGNO DEL AMOR DE CRISTO.

Para hacer estos planteamientos básicos sobre el discipulado y la misión (´compromiso apostólico´) quiero partir, una vez más, del Evangelio de Marcos, el cual se esfuerza por presentar a Jesús como un misionero polifacético (cfr. Mc 1,21-35) que se entrega incansablemente a sus tareas y en cada una de ellas representa un aspecto característico de su misión.  Además, y esto también es propio de Marcos, la primera aparición pública de Jesús ocurre en la Sinagoga de Cafarnaúm (que Lucas traspone en segundo lugar, en el capítulo 4).  Esto quiere decir que la primera palabra misionera de Jesús es la acción, el compromiso con la gente, la realización de lo que Juan Bautista anunció, ahora ha llegado "el más fuerte".

Sea Cristo Jesús nuestro "hupogrammon", la plana mayor escrita para nosotros, discípulos de todos los tiempos, a fin de re-descubrir la esperanza cierta de la realización del Reino en el hombre.

En esta ocasión, bien quisiera ir con ustedes a Cafarnaúm junto con Jesús y sus discípulos para ver cómo funciona su agenda misionera y en qué género de vida es iniciado todo discípulo.  Pero no será así.  Vamos a contemplar el final del Evangelio de Marcos, que, por el contexto, tiene lugar precisamente en Galilea (en donde, por otra parte, se ubica Cafarnaum), donde son enviados Pedro y los otros discípulos del día pascual : "IRÁ DELANTE DE VOSOTROS A GALILEA, ALLÍ LE VERÉIS" (16,7).

En nuestra contemplación, quiero partir justamente de este versículo.

  1. JESÚS LLAMA DE NUEVO A LOS DISCÍPULOS QUE LO ABANDONARON (MC 16,7).
El evangelio de Mc concluye con la nueva con-vocación de la comunidad de los discípulos : "Id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea, allí ie veréis, como os dijo" ( 16,7).  Los elementos que encontramos en este texto son los siguientes : 


Lo más impactante es que Jesús reúna a toda su comunidad sin hacerle reproches. En la lógica normal, incluso, Jesús debería haber llamado a nuevos discípulos una vez que éstos se mostraron indignos del llamado.   Con todo, Jesús llama a los mismos, sin reparos ni objeciones ni discriminaciones -como la primera vez- :


Precisamente en ésto se nota claramente para dónde va el evangelio, cuál es la buena noticia : si los discípulos fueron desleales con Jesús, el Maestro por su parte fue leal con ellos, no rompió la amistad.  Tenemos aquí una imagen bellísima del amor de Jesús por sus amigos.  Este amor fiel de Jesús es el "principio y fundamento" del evangelio :

TODOS ESTAMOS LLAMADOS A DESCUBRIR EN PROFUNDIDAD,
NUESTRA IDENTIDAD Y PROYECTO,
EN EL MARCO DE ESTE AMOR

La incapacidad del discípulo de ir hasta el final no hace sino poner de relieve el amor incondicional de Dios manifestado en Jesús.  El discípulo no lo es tal por sí mismo sino en cuanto abandonado en el amor fiel de Dios.  El discípulo es una creación del Señor y ese don le garantiza la esperanza de completar su vida hasta su máxima expresión de desarrollo personal : "El que persevere hasta el fin, ése se salvará (Mc 13,13).

Esto es lo que Dios quiere de mí, por eso la "salvación" (o alcanzar la plenitud de la vida, según 10,17) y "seguimiento" (o ejercicio del discipulado llamado a durar hasta la vida eterna, según 10,30) son puestos por el evangelio en el mismo plano ("una cosa te falta -para alcanzar la vida eterna-... ven y sígueme" 10,21) (cfr. La recurrencia del vocabulario de "vida", "salvación" y "seguimiento" en Mc 10,17-31).

Se trata, en otras palabras, de la posibilidad de la realización del Reino en el hombre : "Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte basta que vean  venir con poder el Reino de Dios" (Mc 9,1; confróntese con la referencia al ver en Mc 16,7).

Así pues, el evangelio termina con una nueva experiencia vocacional, la nueva con - vocación en el día de la Pascua (Mc 16,7).  Lo que quiero subrayar finalmente es el hecho de la circularidad del camino vocacional de Marcos.  Ésto significa que :


  1. " Y CONFIRMABA LA PALABRA" (Mc 16,9-20)
Propiamente hablando, esta página no se puede atribuir al evangelista, pero fue redactada por la comunidad cristiana con el deseo de presentar un compendio catequético de la Pascua y también de la iglesia de entonces y de la de todos los tiempos.

Este texto nos interesa especialmente porque las otras páginas del evangelio se refieren a acontecimientos del pasado y éste, en cambio, narra la historia de la Iglesia de siempre a partir de la resurrección de Jesús.

Lectura de Marcos 16,9-20
Comencemos por releer el texto.  Dividiéndolo en sus partes fundamentales :

"Jesús resucitó a la madrugada, el primer día de la semana y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios.  Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos.  Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron.  Después de esto se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea.  Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a estos.  Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes lo habían visto resucitado.  Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y proclamen la buena nueva a toda la creación.  El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea se condenará.  Estas serán las señales que acompañarán a los que crean : en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien.

Con esto, el Señor Jesús después de hablarles fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.  Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la palabra con señales que la acompañaban".

No es difícil descubrir que esta larga narración tiene tres partes :

—  La segunda refiere las palabras del mandato del Señor, la misión y los signos de ella.  Esta parte es el centro de todo el fragmento, sobre todo el mandato : "Prediquen el evangelio".


Tenemos, pues, entre manos un pequeño catecismo de la resurrección, que nos remite a relaciones más amplias, como son, por ejemplo, aquellas con que terminan Lucas y Juan.  Pensamos en la aparición a María Magdalena (Jn 20,11-18); el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35); la aparición a los apóstoles (Lc 24,36ss).

También las palabras de Jesús tienen un texto paralelo en Mateo (28,19-20).  Esta página, pues, se relaciona con muchas otras y es como una síntesis de las palabras que Jesús, que aun hoy colocan a la Iglesia en estado de misión.  El Señor definitivo de la historia le señala el camino y la dirección.

  1. Las tres apariciones
Vamos ahora a considerar, una por una, las diferentes partes del texto, con el objeto de entenderlas mejor y preguntarnos sobre ellas.

Las tres apariciones tienen la misma estructura : el Resucitado aparece a María Magdalena, pero cuando ella lo anuncia a los discípulos, éstos no le creen; aparece a dos de ellos, pero los demás tampoco quieren creerles, aparece a los once y los reprende por su incredulidad.

Estigmatiza la dificultad que tienen para creer, la falta de fe.

¿Por qué el evangelista que trata de narrar a la Iglesia de todos los tiempos, algunas de las principales apariciones del Resucitado, hace notar en cada una de ellas, que los seguidores de Jesús no creyeron y solamente en la última, sacude la incredulidad con un fuerte reproche del Señor?, ¿de qué incredulidad se trata?

"Por último se apareció Jesús a los once cuando estaban a la mesa. Y les echó en cara su incredulidad y su terquedad en no creer a los que lo habían visto resucitado" (Mc 16,14).

Es la incredutidad propia de un corazón duro, esclerótico, inflexible.  Lo contrario es el corazón dócil, disponible, atento a los signos de Dios; el corazón que movido por el amor, observa con gran cuidado la obra que Dios está haciendo en la historia.  En otras palabras, es la prontitud, para fiarse de él, la seguridad interior de que el Señor nos ama y se nos manifestará.  Es la prontitud interior para descubrir los designios del Padre en el camino de Jesús.

Esa prontitud precisamente fue la que faltó en el joven rico del evangelio, quien a pesar de que Jesús lo había mirado con amor, se marchó triste porque tenía muchos bienes (Cfr. Mc 10,17-22).  Deseaba saber lo que debía hacer, pero le faltaba docilidad, atención amorosa, confianza en que Jesús se le habría de manifestar plenamente.

En este texto, se subraya positivamente la importancia que tiene la aceptación de todo lo que el Señor nos dice y nos propone; el estar dispuestos a fiarnos de Dios. Si no hacemos este anticipo de confianza, nuestro acto de fe será muy débil y no tendrá influjo en nuestra vida.

Pero, ¿cómo se alimenta esta disponibilidad del corazón que lo hace capaz de descubrir la presencia de Dios en nuestra vida, en la de la Iglesia y en la Historia? Se alimenta con la oración, con la "lectura divina", con la capacidad de agradecer.

Por eso, ante la triple repetición que nos presenta esta primera parte del texto : ("No quisieron creer... ni siquiera a ellos les quisieron creer... les reprochó su incredulidad"), podemos preguntarnos :

"Qué dices de nosotros, Señor?
No nos da miedo decirte que a veces
nos encontramos como tus primeros discípulos.
Nuestra fe a veces viene en compañía
de poca disponibilidad, rigidez de corazón,
dureza, incapacidad de comprenderte.         
Ríñenos, oh Señor,
para que nuestro corazón te acoja.
No permitas que la dureza
de nuestro corazón nos espante;
¡haz, en cambio, que perseveremos en la oración
y así podamos entender los signos
que nos dicen
que estás presente entre nosotros!".

En el silencio y en la meditación orante, queremos pedir a Jesús, la gracia de no poner resistencia a que él se manifieste en nosotros y en nuestra historia.

  1. El mandato de Jesús y los signos del creyente

  1. Estamos en la parte central del texto : Jesús les dijo : "Vayan por el mundo entero, pregonando la buena noticia a toda la humanidad" (v 15).
Esta palabra nos golpea porque muchas veces, en veladas misionales la hemos oído dirigir a amigos nuestros que hoy se encuentran en diversas partes del mundo.   Como Obispo me ha tocado entregar muchas veces como prenda el crucifijo y, basado en el mandato de Jesús, enviar a Hermanos a los rincones más alejados de la Diócesis o de la Provincia Eclesiástica.

"Prediquen el evangelio", fundamentalmente es anunciar a Jesús y, tal vez deberíamos repetirlo con una palabra que no sea "predicar", de sabor eclesiástico. En realidad la palabra adecuada sería "griten el evangelio, proclámenlo".  Pero no es gritar una fórmula.   Sino el señorío de Cristo, el poder de Cristo, muerto y resucitado, sobre el mundo de hoy y sobre mi vida.  Gritar la fuerza que tiene Jesús para transformar el mundo entero.

Esta es la misión que Jesús confía a cada uno de nosotros y exige silencio, atención amorosa, capacidad de escuchar.

"Concédeme, Señor,
la gracia de escuchar esta palabra tuya
y de proclamar el poder que tiene sobre mi vida,
sobre el mundo y sobre toda la creación".

  1. El discípulo de Jesucristo, misionero del Evangelio




  1. Cinco señales, que, a primera vista, nos parecen extrañas, manifiestan el señorío de Jesús, sobre el mundo : "A los que crean los acompañarán estas señales : echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, tomarán las serpientes,  y si beben algún veneno, no les hará daño, impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos" (vv. 17 y 18).

Cuando era yo niño, al escuchar este pasaje evangélico, me asustaba interiormente porque me decía : ¡yo no puedo hacer estas cosas y eso quiere decir que no tengo fe!

Todavía hoy, cuando lo escucho siento temor, pero mi confianza ha crecido, porque he aprendido a ver que las señales prometidas por Jesús, se realizan en los
que creemos, en nosotros y en ustedes, en tantos jóvenes que tengo la dicha de conocer.  En realidad, la capacidad de soportar dificultades, contrastes, críticas, burlas y de hacerlo con paz y valentía, es la traducción de aquellas palabras : "Si beben veneno no les hará daño".

Es la capacidad de afrontar la compleja situación social y cultural de hoy, sin asustarse, sin sentimientos de inferioridad, sino por el contrario con la seguridad de que Dios está siempre con nosotros, haciendo cumplir aquello de que "tomarán serpientes en sus manos" o sea, no temerán aquellas situaciones, que, de suyo, los debería turbar.

Las "señales que acompanarán a los que creen" no son directamente religiosas (como sería el de ir a la Iglesia y el rezar), sino más bien civiles, humanas, sociales, propias del que ha elegido una vida sin violencias.  Muestran que es posible afrontar y resolver situaciones adversas, con actitudes que no son ofensivas, ni polémicas, sino con la paz y en una paz inerme.

Por esto, un signo formidable de nuestro tiempo son las vocaciones para ser constructores de la paz, para optar por la mansedumbre evangélica, para no devolver mal por mal, para no pensar en ofender al que nos ofendió o hubiera podido ofendernos.  Esta es la vida nueva en Cristo, el testimonio de que Jesús es el Señor de la historia y produce, una generación de hombres y mujeres nuevos, cuya característica no es la agresividad y la polémica, sino la paz, la capacidad de perdonar, comenzando por las pequeñeces de la vida ordinaria.  Son señales de una profecía de paz, de una actitud que neutraliza; la de una proclamación del desarme que muestra la inutilidad de las armas; de una confianza en la fuerza de la verdad que pacífica; de una curación para los corazones envenenados por la violencia.  Por lo tanto, aunque reconozcamos, que no sabemos tomar las serpientes con las manos o que no tenemos fuerzas para tomar veneno, sabemos, sin embargo, que Cristo, desarmado, nos ha hecho fuertes con el poder de su cruz.  Por eso, podemos preguntarnos por las señales que acompañan a los que creen en Jesús, en la siguiente forma :

— ¿Vuelvo mal por mal, ofensa por ofensa, crítica por crítica? ¿Soy iriente con el que hiere? ¿Soy agresivo para evitar que el otro lo sea antes conmigo? ¿Trato de conquistar posiciones para evitar que otro me gane?

— ¿Voy por el mundo, confiado en la fuerza del amor, del perdón, de la paz, de la misericordia, de la mansedumbre evangélica, de la compasión de Dios para con el hombre? ¿Soy capaz de curar a los que me rodean, imponiendo las manos del amor, de la caridad, del servicio, sobre las heridas causadas por la violencia, que hacen tantos estragos en nuestra sociedad, porque crean generaciones de gente frustrada, amarga, ácida, agresiva? ¿Soy capaz de llevar paz a estos enfermos, de imponerles las manos y curarlos?

Si reconocemos que a pesar de nuestra debilidad y fragilidad, poseemos algunos de estos signos, debemos decir :

"Tú, oh Señor, reinas en nosotros
y nos das la gracia de proclamar tu evangelio
y predicar tu gloria".

  1. Las características de la misión 
Hay la misión existencial : todo hombre está llamado a ofrecer la propia vida a Cristo, a dejarse plasmar por su Espíritu, a convertirse en discípulo de Jesús.  La vida de los creyentes, que, por medio de la cotidiana búsqueda de la santidad, se conforma cada vez más con la vida de Cristo, se convierte en un testimonio misionero.  El elemento decisivo aquí es el entusiasmo con el que el creyente, habiendo descubierto a Cristo, siente la necesidad de comunicar a todos la alegría del encuentro con Cristo, como principio de verdad y de esperanza.

Pero el creyente asume esta misión en obediencia a Cristo, sabiendo que es enviado por él adhiriendo a las formas y a los instrumentos que le permiten unirse a la voluntad histórica de Jesús : es la misión institucional, que llama en causa a la vida de la Iglesia en su concreta visibilidad.  Aquí el elemento decisivo es la vigilancia con la que los cristianos abren al Espíritu de Cristo los ritos, las iniciativas y las tradiciones de la vida eclesial, de tal manera que sean un signo vivo de la voluntad de Jesús, un índice dirigido hacia él, una ciudad colocada sobre la montaña, visible y abierta a todos.

La Iglesia manifiesta verdaderamente a Jesucristo, cuando demuestra que en él todo hombre es comprendido, amado, perdonado, salvado.  La Iglesia, pues, debe ir hacia todo hombre tal como es, para hacerle ver cómo debe ser; debe abrazar al hombre con todo su conjunto de cualidades, de esperanzas, de pecados, de problemas, para señalarle el camino, incluso para caminar junto con él hacia Jesús: es la misión cultural, que ve como elemento decisivo el discernimiento espiritual, es decir, un hábito tan profundo con el espíritu del Evangelio y de la tradición cristiana y, al mismo tiempo, una experiencia tan viva, real, interior, meditada de las diversas situaciones humanas, que logre decir : aquí estamos ante un hecho humano abierto al Espíritu Santo; aquí, en cambio, chocamos contra un modo de pensar y de obrar que es incompatible con el evangelio.

  1. "Y confirmaba la palabra"
Para terminar, meditemos brevemente sobre los acontecimientos finales descritos en la tercera parte del texto : "El Señor Jesús después de haber hablado con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios.  Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la palabra con las señales que los acompañaban" (vv. 19-20).

Tenemos aquí una síntesis de la vida de la Iglesia Primitiva, que los Hechos de los Apóstoles describen con amplitud.

Ahí naturalmente, está sintetizado también todo lo que nosotros, como continuadores de esa Iglesia, vivimos y realizamos : predicamos en todas partes, en todos los ambientes, en todas las situaciones, sin creer que nadie está perdido u olvidado por Dios; con la certeza de que el Señor trabaja, junto con nosotros y confirma la palabra con prodigios.  No prodigios en el sol, ni en la luna o las estrellas, sino en nuestra humilde vida, en nuestra capacidad de amar, de perdonar y de llegar a ser obreros de la paz.  Esta es la vida de la Iglesia que hemos tenido la gracia de contemplar y a la que hemos sido llamados de nuevo, al  celebrar este V Congreso; el cual se va cerrando con este mandato, con la certeza de que el Señor está con nosotros y nos llama una vez más a seguir por el camino que hemos hecho hasta aquí.

  1. Conclusiones del camino recorrido
Les voy a proponer dos conclusiones que creo particularmente importantes para nuestro Congreso convocado bajo el lema :

CRISTO VIVO :
ALIMENTO DEL DISCÍPULO,
FORTALEZA DEL APOSTOL.

  1. La Eucaristía hace la Iglesia mediante la imitación y la misión.
La Eucaristía hace la Iglesia mediante la imitación.  Aquí la palabra tal vez no es completa y el cuadro que nos ayuda es el lavatorio de los pies.  Sabemos que Juan coloca este episodio allí donde los otros evangelistas ponen la Eucaristía, precisamente porque es una de las indicaciones más profundas de lo que es la Eucaristía :  "Así como yo les he lavado los pies a ustedes, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros".

La Eucaristía constituye la Iglesia como una red de servicios y ministerios recíprocos, y el mismo ministerio de Pedro se concibe como este grande amor: "Yo estoy entre ustedes como uno que sirve".  La Iglesia es un cuerpo orgánico estructurado según servicios de humildad : lavar los pies es un símbolo de donación de la vida,  es  un  modo  y símbolo del  servicio  total  de quien ejerce los servicios cotidianos.  En otras palabras "dar el cuerpo y la sangre".

La Eucaristía constituye la Iglesia, a imitación de Jesús, como la asamblea de los que saben dar el cuerpo y la sangre por los hermanos.  Cuerpo quiere decir la vida cotidiana con todas sus fatigas, los problemas, las necesidades :  no  buscándose a  sí mismos —dice Pablo—, su propio provecho, su interés, sino cada uno buscando lo que es útil al otro, por la utilidad de los demás.  Sangre quiere decir don de sí total : la enfermedad, la inacción, la pasividad, todo puesto al servicio de la comunidad, ofrecido por la comunidad.

La Eucaristía hace la Iglesia mediante la misión.  Es decir, identifica la comunión con Cristo que atrae a sí a todos los hombres y a todas las cosas.  La Iglesia animada por la Eucaristía comprende que Jesús quiere atraer a sí a todos los hombres, y la comunidad va siempre más allá de sí misma, se siente enviada por Cristo a todos los hombres, no está en paz hasta no hacer llegar el Evangelio de la Pascua a todas las situaciones.

  1. La Eucaristía y testimonio
En la confrontación con la caridad de Cristo presente en la Eucaristía, la Iglesia descubre que la propia caridad debe continuamente sobrepasar los límites de la comunidad para abrirse a todos los hombres, que Cristo ama y quiere atraer en su amor hacia el Padre.

Cuando la comunidad no pone en el centro de sí misma los propios proyectos o las propias instituciones o las propias exigencias, sino a Jesús presente en la Eucaristía, se ve objetivamente colocada en estado de misión hacia toda persona, toda situación, todo ámbito humano a donde debe llegar el alegre anuncio de la Pascua de Cristo y quedar involucrados en la celebración del amor de Dios.

Además, la confrontación con al Eucaristía no sólo renueva continuamente en la conciencia de la Iglesia la exigencia de la misión, sino que indica también su ley fundamental.

Es la ley que ilustra el capítulo 21 de Juan a propósito de la misión de Pedro y del discípulo predilecto (Jn 21,17-25), es decir, la ley del testimonio.  Se trata de mostrar a los hermanos una vida que realmente está atraída por el amor de Cristo hacia el Padre y que encuentra en esta atracción una particular plenitud humana. Las necesidades de los hermanos no son el criterio último de la misión.

El criterio es el de compartir el amor del Padre y de Cristo.

Este amor va en busca de las necesidades humanas.  Se deja aferrar de su urgencia.  Valora las resonancias que él suscita.  Utiliza los instrumentos del análisis social, que los pone en clara evidencia.  Pero también descubre aspectos nuevos e insospechados.  Revela al hombre a sí mismo según las dimensiones reales de su ser.  Desenmascara los deseos incorrectos y pecaminosos. Profundiza las tensiones puramente epidérmicas, suscitando deseos más amplios.

Abre el corazón y las obras del hombre a la presencia de Dios en la historia.  Anuncia un perdón capaz de destruir el egoísmo y de regenerar las energías más hermosas.


QUERÉTARO, Septiembre 2005

Mons. Juan Abelardo Mata. Obispo de Esteli Nicaragua